viernes, 26 de marzo de 2021

09 DE MARZO DE 2021: DÉCIMO SÉPTIMA AUDIENCIA

AUDIENCIA 17

(Fuente: Diario Contexto)

En la décimo séptima audiencia del debate oral con modalidad virtual del Juicio Brigadas Banfield, Quilmes y Lanús, prestaron declaración testimonial Miguel Ángel Prince y otra sobreviviente que solicitó no dar difusión a su testimonio.

Luego de la declaración de la primera testimoniante, declaró Miguel Ángel Prince, ex intendente y actual concejal de Luján. Comenzó su testimonio señalando que en el año 2004 y voluntariamente, prestó declaración testimonial en los Juicios por la Verdad; consideró que el presente es una continuación de ese primer testimonio que sirve como base o referencia para la investigación.

Prince contó que fue secuestrado en la noche del jueves 2 de septiembre de 1976 de un pensionado estudiantil/universitario en calle Lavardén 95, en Parque Patricios. Un grupo de tareas irrumpió en el lugar y lo sometió durante alrededor de media hora a simulacros de fusilamiento y otro tipo de maltratos y torturas.

Explicó que lo trasladaron en el baúl de un auto, con los ojos vendados y las manos atadas en la espalda, hasta lo que pudo identificar posteriormente como la Brigada de Lanús conocida como “El Infierno”. A partir de las preguntas de las partes, explicó que suponían que era zona sur no solo por los tiempos de los traslados, sino también gracias a datos como una publicidad aérea que promocionaba las funciones de un circo de Avellaneda.

En su momento, intuyó que llegaron a una especie de playa de estacionamiento o un subsuelo porque luego subieron unas escaleras hacia la planta donde se encontraban los calabozos. A estos “se accedía a través de una puerta grande de hierro con pasadores y después un pasillo hasta las celdas chicas”. Otro dato que mencionó como importante para la identificación del CCD fue que en el piso de arriba de los calabozos, se encontraba el lugar destinado a tormentos e interrogatorios; pudo diferenciarlo no solo porque se escuchaba sino porque él también fue llevado ahí. Posteriormente detalló que “no tenían mucho sobre lo que interrogarme” dado que desde principios de 1974 estaba desvinculado de Montoneros, la organización en la que militó. De todas maneras, las preguntas se centraron en algunos compañeros de Luján, como Kelly y Palazzo.

Al momento de su llegada, lo dejaron en un calabozo en el que ya se encontraba Carlos Ochoa, empleado del Banco Nación, de la localidad de Monte. Luego llegaron a esa misma celda Victor Marcasciano un joven de alrededor de 15 años, vinculado a la militancia secundaria de la ciudad de La Plata; y Gustavo Fernández. A raíz de las preguntas de la Fiscalía, señaló que estimaban que en el lugar habría habido al menos diez o doce personas, dada la cantidad de celdas. Mencionó que también se encontraban en el lugar Carlos Fernández, Juan Yoli y algunas otras personas que cree recordar eran de General Rodríguez.

“Esto es importante en relación a los hechos que se investigan: las características del lugar y la atención estaba vinculada con fuerzas policiales (…) En función del trato de este personal, que era el que nos atendía diariamente -nos daba la comida, nos trasladaba al baño, y demás-, sabíamos que no era la misma fuerza o el mismo grupo de tareas que se ocupaba de los traslados, los interrogatorios y las torturas. Todo indica, o la impresión con la que nos quedamos es que este era un espacio de la Policía de la Provincia de Buenos Aires utilizado por estos grupos; que en mi caso personal se trataría de efectivos del Ejército con jurisdicción en cuanto a la represión en Luján y más específicamente con responsabilidades en el Regimiento VI de Infantería de Mercedes”.

Según explicó Prince, entonces, el personal que trabajaba en el lugar al que fueron llevados, quienes los “atendían” se mostraban distantes y hasta críticos del procedimiento de las fuerzas del Ejército. Según lo que les comentaron, consideraban que no tenían responsabilidad en los hechos, dado que estas otras fuerzas usaban su espacio físico, pero ellos opinaban que la represión estaba mal porque se dirigía a perseguir inocentes y jóvenes de manera injusta.

Lo liberaron el martes 7 de septiembre de 1976 junto con Corin Yoli -trabajadora social y militante territorial en la Ciudad de Buenos Aires, parte de una familia conocida de General Rodríguez- y su hermano Juan. A Corin y a él los dejaron en un baldío de Dock Sud, y Prince resaltó como un dato relevante que el tiempo de traslado fue de alrededor de 10-15 minutos. Ante la pregunta de la querella Justicia YA, contó que se enteró hace algunos años del fallecimiento de Corin. Además, detalló que desde ese descampado tomaron un micro hacia la Ciudad de Buenos Aires y se bajaron detrás de la Casa Rosada, ahí se separaron.

A continuación, Prince respondió preguntas de las partes. La Fiscalía le consultó si había tenido la posibilidad de identificar a alguno de sus victimarios. Respondió que a partir de sus recuerdos personales, su militancia y trabajo en DDHH, y la experiencia de su compañera de aquel momento, Beatriz Dobal, identificaron al que aparecía como el jefe del grupo que los secuestró -primero a ella y luego a él-. Una persona alta con voz nasal, que por datos complementarios saben que se trataría del Teniente Primero Durán, que tuvo mucha actuación en trabajos de inteligencia del Regimiento VI de Infantería de Mercedes. Sobre esta persona agregó que casi diez años después -cuando comenzaron las sediciones y los levantamientos de los “carapintadas”- apareció con destino en Salta o en Jujuy encuadrado o involucrado en estas asonadas.

La abogada Santos Morón, de la querella de Justicia YA, le preguntó a Prince si podía relatar cómo fue su vida luego del secuestro. A partir de conversaciones con otrxs sobrevivientes pudo ver que muchxs coincidían en que al momento de liberarlxs, los secuestradores les “daban consejos de vida”; por ejemplo “que nos cuidemos y nos portemos bien”. A él particularmente, le dijeron que no vaya a Luján por lo menos por un año. Prince explicó que las consecuencias de esto se extienden hasta el día de hoy, hay cosas que no se terminan de digerir, de entender, de evaluar su impacto.

“Durante bastante tiempo, yo recuerdo, (…) esto de modo inmediato cuando volvió la democracia o en los últimos años del autodenominado “proceso” (…), en aquel momento vivíamos una situación de psicosis, de persecución, de duda. Si nos seguían, si cuando uno volvía a su domicilio había alguna presencia que resultaba sospechosa, algún coche (…) es lo que se plantea en este tipo de situaciones, convivir con sensaciones tenebrosas” explicó.

Por otro lado, y aunque no estaba seguro si a eso iba la pregunta, señaló que “(…) con la democracia, todavía seguía la estigmatización y los prejuicios ‘este zurdo, este montonero’. Bueno, concretamente hay un informe de la DIPPBA (…) donde hay muchas calificaciones en cuanto a mi persona como DS ‘delincuente subversivo’ ”.

Al finalizar la audiencia, la querella de Justicia YA solicitó que se oficie al Registro de las Personas a los fines de establecer el fallecimiento de Corin Yoli.

 


02 DE MARZO DE 2021: DÉCIMO SEXTA AUDIENCIA

AUDIENCIA 16

 (Fuente: Diario Contexto).


En la décimo sexta audiencia del debate oral con modalidad virtual del Juicio Brigadas Banfield, Quilmes y Lanús, prestaron declaración testimonial lxs ex detenidxs-desaparecidxs Gustavo Javier Fernández y Lidia Ester Biscarte y Orlando Edmundo Ubiedo, quien testificó por su hermano Valerio Salvador Ubiedo.

 

Los tres testimonios de esta audiencia son relevantes para pensar cómo confluyen en estos Centros Clandestinos distintos circuitos represivos de la provincia  y también cómo en una misma persona pueden entrelazarse las dimensiones de familiar y sobreviviente.

 

 

El primer testigo fue Orlando Edmundo Ubiedo, hermano de Valerio Salvador Ubiedo, cuyo caso forma parte de este juicio por su paso por el Pozo de Banfield. Orlando testifica por el caso de su hermano, ya que Valerio falleció en el año 2000. 

Valerio Salvador Ubiedo trabajaba en el Molino San Sebastián, en el partido de Escobar, y era delegado interno de la Unión Obrera Molinera. El primer secuestro de Valerio ocurrió en la primera semana de marzo de 1976. Fue secuestrado por un grupo al mando del policía Luis Abelardo Patti, en la casa de un familiar. Fue torturado y luego liberado en la ruta 4. 

Después del golpe, Luis Patti estuvo una semana en la vereda de la casa de Valerio hasta que, el 2 de abril, lo secuestró nuevamente, en esta ocasión de su domicilio. Según le relató posteriormente a su hermano, Valerio pudo bajarse la venda y reconocer que se encontraba en el Pozo de Banfield. En ese lugar pudo ver a Catalina Martha Velazco de Morini, José Silvano García, Daniel Lagaronne y Blanca Buda. Luego de su paso por el Pozo de Banfield, fue puesto a disposición del PEN en la cárcel de Mercedes y más tarde, trasladado al penal de Sierra Chica y a la Unidad 9 de La Plata. En el año 1981 recuperó la libertad.

 Ubiedo relató que su hermano falleció en el año 2000. Para él, la enfermedad de Valerio se debió a las terribles condiciones de encierro en el penal de Sierra Chica. Y señaló que su papá fue militante político y delegado del sindicato de la construcción en Entre Ríos. Falleció de un infarto a partir de la noticia del secuestro y la desaparición de sus dos hijos. A su vez, Orlando declaró que “…aterrorizaron a mi familia durante mucho tiempo”. 

Pedro Griffo,  de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación le preguntó a Orlando por su propia actividad política y por los hechos de persecución que había sufrido él mismo. Relató entonces que fue Secretario General del Sindicato de Trabajadores Rurales de Escobar, que formaba parte de la CGT de zona norte. Fue secuestrado en septiembre de 1974, junto a Gastón Roberto José Gonçalves y Ana María del Carmen Granada. Describió las terribles condiciones de su propio secuestro. Fueron trasladados a la delegación de la policía federal de San Martín. Tilo Wenner, un periodista, hizo pública la denuncia del secuestro y logró que los liberaran. Posteriormente Wenner fue secuestrado en marzo de 1976 y, al igual que Gonçalves y Granada, continúa desaparecido.

Orlando Ubiedo se vio obligado a irse del país, ya que se encontraba vigilado de manera permanente. Orlando agregó que sentía su testimonio como “un compromiso” ya que él es un “sobreviviente, de esa etapa tan jodida, donde desaparecieron y murieron 30.000 compañeros”. Concluyó su declaración expresando que “Es mi deber denunciar estas cosas por las cual hemos pasado, lamentablemente en nuestro país”.

El segundo testimonio de la audiencia fue el de Lidia Ester “China” Biscarte.

Comenzó dirigiendose al juez Ricardo Basilico: “Yo quiero decirle señor presidente: esto causa mucho dolor. No sé si se ríen los genocidas de nosotros, si les recordamos cómo nos torturaron, nos violaron…. Siento que venir ante un tribunal no sirve de nada ya que los genocidas o están en sus casas o están absueltos (…) por favor presidente haga justicia. Que esto no se repita nunca más. Somos tres los que quedamos vivos de Zárate. Somos respetuosos de la ley pero quiero pedirle: ya se fueron muchos compañeros. Esta gente está en su casa. Son genocidas. Que esta gente pague por lo que hizo”. Lidia hizo así referencia a la reciente muerte de Ios sobrevivientes Iglesias y Lagaronne, que no llegaron a testimoniar en el juicio. Luego continuó contando que le dicen “China”, que es un sobrenombre que le puso su papá y no “un nombre de guerra”, por lo que afirmó “llevarlo con mucho honor”, a pesar de haber sido hostigada por ello.

Al momento de su secuestro, trabajaba como personal de maestranza en el Puente Zárate- Brazo Largo y tenía 29 años. Se desempeñaba como delegada gremial y era  subcontratada junto a sus compañeras  -no recuerda el nombre de la empresa de Campana para la que trabajaba- para limpiar las oficinas de las empresas constructoras y concesionarias (Techint-Albano, Pilotes Trevi, Vialidad Nacional y Mecánica del Suelo). La secuestraron en la madrugada del 27 de marzo de 1976 en su domicilio de Zárate. Según explicó, participaron efectivos de Gendarmería, Prefectura y la Policía de Zárate. Cuando se la llevaron, en la casa quedaron sus cuatro hijos solos atados. Relató el sufrimiento que significó no saber nada de ellos hasta que pudo contactarse con su familia. Supo luego que los vecinos los encontraron y se los llevaron a su padre. 

A continuación detalló su recorrido por distintos Centros Clandestinos y por las unidades penitenciarias de Olmos y Devoto. Relató cómo reconoció los lugares donde estuvo secuestrada porque podía identificar ruidos y otras peculiaridades de la zona. Reconoció la Comisaría de Zárate como el primer lugar al que la llevaron. Por el relato de sus vecinos supo que la trasladaron en un falcon verde. Allí vió a Bugatto, a su hijo, a otro compañero y a Teresita Di Martino. También escuchó a un compañero que no pudo reconocer. Señaló que no estuvo más de dos días y describió las terribles torturas recibidas en la Comisaría,  señalando  que durante los interrogatorios, muchas preguntas estaban dirigidas a la actividad gremial que señalamos anteriormente.

Luego la llevaron al Arsenal de Zárate. Lo reconoció porque es oriunda de esa localidad y escuchó el silbato especial del ferry que pasaba por allí. Contó las terribles torturas que sufrieron particularmente las mujeres. De allí la cruzaron al buque Murature. “Sé que era ese barco porque había pescadores que los hicieron retirar. Cuando salí en libertad ellos me contaron que era de ese barco de donde se escuchaban gritos. Digo esto porque en otros juicios lo han negado”, sostuvo tajante. Dio cuenta de la presencia de detenidos de la zona de Zarate, Campana y Escobar, a muchos de los cuales no conocía. Entre ellos reconoció a los intendentes de Zárate y de Campana, a los Armesto, padre e hijo, a los Bugatto, padre e hijo, José María Iglesias, los hermanos Barrientos, la doctora Velazco y su esposo y otras personas con las que compartió un largo trecho.

Posteriormente fue devuelta al Arsenal, donde ve a través de la venda muchos cadáveres junto a una máquina excavadora y denunció que sobre el lugar donde los enterraron se construyó el Casino de Oficiales. 

Luego indicó los centros clandestinos de la zona por los que fue trasladada sucesivamente: el Tiro Federal de Campana, la Comisaría Federal de esa localidad, la Comisaría de Escobar, el Tolueno de Campana, el Clubs Siderca, una quinta en Tigre y la Comisaría de Moreno. indicó que fue conducida en un vehículo junto a otras personas, que en cada lugar fueron bajados y subidos del vehículo para ser interrogados bajo tormentos y que tanto en el Tiro Federal como en la quinta del Tigre pudo ver muchos cadáveres de prisioneros. 

Finalmente fue conducida al Pozo de Banfield. Narró el trato que allí recibieron e indicó que en ese lugar se produjo el fallecimiento de Souto. Ante la pregunta de la Fiscalía, Biscarte relató que el traslado al Pozo de Banfield fue en un camión del Ejército. A su vez, relató las deplorables condiciones de vida en Banfield. “Éramos animales para ellos”, describió. Del Pozo de Banfield a Campo de Mayo fue en celular. 

Remarcó en varias oportunidades que trataban de reconocerse y nombrarse entre los compañeros, “por si alguno quedaba vivo, avisar a las familias” Los sobrenombres eran lo más fácil de retener, de recordar. Cuando Ana Oberlin le preguntó por un compañero conocido como “Negro”, afirmó haber estado con él.

Sobre los compañeros con los que había estado nombró a José María Iglesias, los hermanos José y Juan Pedro Barrientos, Eva Orifici, Osvaldo Souto, Blanca Buda, Juan Puthod, Julio y Luis María Armesto, Guillermo José Luis Cometti, Francisco José y José Alberto Bugato, Héctor Omar Ferraro, Daniel Lagaronne, Marcelino López, Eduardo Paris, Celina Marquez, Luis Alberto Messa, Valerio Ubiedo, Juan Carlos Deghi, Héctor Eduardo Fernando Parra, Catalina Martha Velazco de Morini y su marido, Teresita Di Martino. Sobre ellxs, agregó “Todos estos compañeros habíamos estado ya en un circuito en Zárate y pasábamos de centro en centro. No siempre estábamos todos juntos (…) en toda esta cantidad de centros clandestinos me tuvieron”.

Lidia contó que en el Hospital de Campo de Mayo, cuando las monjas las llevaron al baño, escucharon a una compañera gritar pidiendo por el hijo y a una enfermera gritándole que se calle porque se le iba a salir el apósito. A raíz de la pregunta de la abogada querellante Santos Morón, Lidia calculó que el parto habría sido alrededor del mes de abril de 1977. Ellas le preguntaban el nombre a la compañera que había dado a luz pero no llegó a decirles; tenían incorporado recordar, preguntar y decir el nombre para aquel que salga en libertad.

Lidia Biscarte insistió con su reclamo de justicia ante el presidente del Tribunal, Ricardo Basílico, porque en septiembre pasado el Tribunal Federal Nº 2 de San Martín que integra el juez Walter Venditti, magistrado que también forma parte del TOF Nº1 que lleva adelante este juicio, absolvió en la Causa Campo de Mayo al médico Edgardo Omar Di Nápoli acusado de delitos de lesa humanidad contra 20 víctimas que estuvieron cautivas en el barco “ARA Murature” en Zárate. Lidia Biscarte, reconoció claramente a Nápoli como el que controlaba las sesiones de tortura. “No somos como ellos, no queremos venganza, creemos en la justicia”.

Pasó por la cárcel de Olmos y luego por Devoto. Allí estaba cuando le dieron la libertad. Previo pasó por Coordinación Federal, le decían que tenía captura en Mar del Plata o Córdoba aunque ella nunca había estado allí. En ese lugar se encontró con otros presos que se estaban yendo al extranjero, les contó que era presa política y les dió una lista para denunciar el terrorismo de estado en el exterior. Cuando la dejaron en libertad en enero de 1979 le dijeron “que había sido un error, que alguien la había cantado, que se olvide de lo que había pasado porque sino la iba a pasar mal”. En la calle, luego de años de cutiverio, paró a un transeúnte y le contó su situación de presa política recién liberada, este la ayudó a volver a su casa.

Desde la querella de Justicia Ya, fue consultada por su vida, su trabajo y su familia, luego de que recuperara la libertad. Contó que cuando la liberaron su vida estaba desarmada. No encontraba trabajo porque tenía antecedentes. Pero recuerda el amor y la solidaridad que recibió de vecinos y amigos. La lucha por encontrar trabajo es lo que más resalta, “hasta que las cosas fueron cambiando”.

Lidia Biscarte volvió a dirigirse al Tribunal al terminar su declaración: “Le pido que haga justicia. Esto no es una novela, este es un dolor muy grande, en el cual mis compañeros ya no están para defenderse”.

Por último, fue el turno de declarar de Gustavo Javier Fernandez, su testimonio fue ofrecido por el Ministerio Público Fiscal y parte de las querellas. Comenzó su relato señalando que ellos eran dos hermanos, que comenzaron su militancia política en el año 1972 en lo que se conocía como la Juventud Peronista vinculada a Montoneros en Luján. Su hermano, Carlos Alberto Fernández, quedó durante un tiempo a cargo de ese espacio compartido de militancia -el Ateneo 26 de Julio-. En la casa tenía un taller cerámico en el que ambos trabajaban, aunque su hermano se dedicaba de lleno a esa labor dado que había dejado sus estudios universitarios. Carlos estaba casado y tenía dos hijas, y Gustavo resaltó la tensión que existía entre la exigencia de una militancia activa y la vida familiar. No solo por el tiempo y energía que la primera demandaba, sino también por los riesgos que aparejaba. Esto llevó a Carlos a alejarse por un tiempo de la militancia.

Antes del golpe del 76 en Luján ya habían ocurrido secuestros adjudicados al grupo Comando Nacionalista Bruno Genta. Aunque eran detenidos por pocos días y luego liberados, la situación era muy tensa. Por esa razón Gustavo se mudó a la ciudad de Buenos Aires. Su hermano se quedó en Luján dado que había empezado a dar clases de cerámica en la Escuela de Arte, un espacio que posteriormente fue blanco de la persecución en esta localidad porque era catalogado como “muy politizado”.

Frente a la represión, su hermano decidió mudarse a la capital para retomar su militancia porque “no se iba a quedar esperando a que lo lleven, mientras otros compañeros estaban peleando en otros lados y estaban cayendo sin esperarlo”. Gustavo aclaró que no conocía bien el lugar que Carlos ocupaba en la agrupación porque estaban en canales distintos. Lo que sí pudo precisar es que su hermano había encontrado un lugar más estable para vivir mientras él seguía con una situación de mucha inestabilidad habitacional: pasaba una o dos noches en cada lugar. Ante esto, Carlos le ofreció quedarse con él unos días en la casa que le había prestado Miguel Prince, quien también era militante aunque la relación que mantenían no era orgánica sino de amistad. Llegó a permanecer en esa casa, ubicada en calle Fernández al 1900 de Buenos Aires, dos noches. El 27 de agosto de 1976, contando él 22 años y su hermano 26, un grupo armado entró preguntando por Prince y los secuestraron a ambos.

Los llevaron a lo que cree haber identificado como Superintendencia de Seguridad Federal. Les tomaron los datos en una declaración bastante formal y los llevaron a una celda grande con mucha gente. Al día siguiente, un grupo de personas que se identificó como Comando Bruno Genta, los trasladó nuevamente atados de pies y manos en un baúl.

Durante su testimonio, Gustavo contó que una vez liberado, realizó al testimoniar en la CONADEP un croquis de este segundo lugar. Allí le dijeron que el lugar podría ser la  Comisaría 2da de Avellaneda. Sin embargo,  durante la instrucción de la causa se consideró que la descripción del lugar se corresponde con la  Brigada de Lanús con asiento en Avellaneda y así fue el caso elevado a juicio.  

Describió que este espacio en Avellaneda tenía varias celdas que daban a un patio. Allí los sometieron a tormentos mientras los interrogaban: le preguntaron por nombres de personas de Luján y él pudo ver que desconocían el funcionamiento operativo de los grupos de esa ciudad. Cuando se reencontró con Carlos en la celda, este le contó que le preguntaron sobre todo por la Escuela de Arte y en particular sobre el estudiante Ricardo Palazzo. Hacia el final de la audiencia y a partir de la pregunta de la Fiscalía, Gustavo confirmó que Palazzo fue secuestrado y continúa desaparecido.

Con respecto al funcionamiento del CCD señaló que los días que estaban los agentes del grupo operativo -la patota- los guardias no los alimentaban ni los sacaban al baño; de todas maneras comían muy esporádicamente y en general sobras. Es decir, buscó marcar en reiteradas oportunidades, la gran diferencia entre los tratos de los guardias o policías del lugar, quienes no se metían mucho, y este otro grupo al que él denomina como “operativo”.

En Avellaneda se encontró con Carlos Ochoa, parte de un grupo de gente de la zona de Cañuelas. También mencionó a un chico de quince años de La Plata, del que no recuerda el nombre pero comentó que estaba esperanzado en que lo soltaran porque tenía familiares que trabajaban en la Justicia. Aunque no volvió a estar en una celda con él, cree que después lo llevaron también a Quilmes. Recordó a una chica de General Rodríguez, que hacía mucho tiempo estaba ahí y mencionó que había estado secuestrada junto a Mimí, otra chica que Gustavo conocía por su militancia en Luján. Llevaron en un momento también a Miguel Prince y a un grupo de alrededor de cinco uruguayos que cree eran todos varones y se conocían, posiblemente trabajaban en la misma fábrica. 

A mediados de septiembre prácticamente vaciaron el lugar, los apilaron sin cuidado a casi todos en la caja de un furgón y los llevaron a otro lugar que, una vez liberado pudo identificar como el Pozo de Quilmes: “nos suben por una escalera bastante característica, muy empinada y creo que así caracol, pegaba una vuelta”. Señaló que el trato en este espacio era muy distinto: no iba ningún grupo operativo, comían más regularmente, a veces podían sacarse la venda de los ojos y hablar entre ellos. 

Allí Néstor Busso, otro detenido de La Plata que cree que pertenecía a un grupo católico, que estaba desde bastante tiempo antes allí, le enseñó a comunicarse con las manos. Compartió casi todo el tiempo la celda con Eddie Szapiro, militante del ERP de la zona de Avellaneda, quien le dijo que su pareja estaba en el piso de abajo. No compartía celda con su hermano Carlos, pero lo escuchaba y podían hablar a veces. Recordó que alguien del personal que llevaba comida – “guisos o pastiches para comer con la mano”- y parecía ser un jefe, solía hacerles preguntas y entablar conversaciones sobre política con un detenido de Florencio Varela que era mayor que todos, periodista.  Dado que en Quilmes no los interrogaron ni sometieron a tormentos específicos, consideró que “fue un lugar de transición, estaban esperando algo, una decisión”.

Cuando volvieron a trasladarlos a él y su hermano, los llevaron a un lugar bastante más precario. En el recorrido los escuchó preguntar por “la Comisaría vieja”. Llegaron a un lugar policial, con celdas muy chicas, más precarias que las anteriores y más deterioradas, donde una noche que llovió entró agua por el piso. Ahí estaban solo ellos y un  delegado gremial de la fábrica Tamer de la zona de Avellaneda, del que no recuerda el nombre. En esta nueva locación fue brutalmente golpeado otra vez, mientras lo interrogaban y le decían que les había mentido, Gustavo consideró que se habían enterado de algo que pensaban que él también sabía. La noche del 1ero de Octubre, en un nuevo traslado, realizan un recorrido bastante largo por ruta y  creyó percibir que los llevaban a Luján. Luego de pasar un puente, con una curva que va subiendo, se detuvieron.  Al quedar solo en el auto, escuchándolos a lo   lejos, “haciendo un asado” o algo por el estilo, logró salir del auto. Vio el costado de una casa y llamó a su hermano por si estaba en la camioneta de al lado, pero nadie respondió. Se escapó a través de un descampado, hasta un arroyito, por el cual siguió paralelo hasta llegar a un puente. En ese momento escuchó un tiro de escopeta, que supone provenía de un criadero de pollos de la zona. Llegó  a la Ruta 5, comprobando que estaba en la entrada a Luján. Hizo hincapié en el esfuerzo físico enorme que significó toda esta travesía considerando que estaba en un estado muy debilitado.

Logró llegar a la casa de un compañero para pedirle que lo contacte con su familia: su tío logró esconderlo alrededor de tres meses. En diciembre pudo contactarse con su novia y mudarse a Chivilcoy, donde vive todavía hoy. La situación de semi clandestinidad se perpetuó por años porque no tenía sus documentos y temía hacer los trámites; trabajaba en lugares donde no se los solicitaban, con su pareja no salían de noche, etc. “No fue sólo ese período del secuestro, el resto me cambió también la vida hasta que pude normalizar, volver a una actividad de trabajo en blanco, pasó bastante tiempo. Sobre todo con el temor de que me volvieran a secuestrar porque volvieron a ir a mi casa, volvieron a amenazar a mi mamá y a mi tío (…) hubo toda una situación que duró bastante tiempo”.

“De mi hermano no supe más nada. Sigue desaparecido”, aseguró. En aquel entonces, su madre tuvo la ayuda de Emilio Fermín Mignone, cuya hija había sido secuestrada, para presentar un Hábeas Corpus a fines de septiembre o principios de octubre de 1976. Se hicieron otras gestiones como hablar con distintas personas o solicitadas en los diarios. Con dolor, Gustavo contó que Carlos no llegó a enterarse que su esposa estaba embarazada de su tercer hija. 

Sobre la persecución que sufrieron otros familiares, contó  el Comando Bruno Genta fue a la casa de su madre en junio o julio de 1976 mientras ellos estaban en CABA y que iban a la casa de  su cuñada, esposa de Carlos, periódicamente. Ella posteriormente pudo reconocer a uno de ellos mucho años después en un desfile por el Día de la Bandera en Luján, como parte del Regimiento de Mercedes. Alrededor de un mes después de que Gustavo logró escaparse volvieron a lo de su madre. Señaló que “estaban vestidos de civil e iban a cara descubierta”. 


martes, 2 de marzo de 2021

23 DE FEBRERO DE 2021: DECIMOQUINTA AUDIENCIA

TRES SOBREVIVIENTES

El debate continuó con tres testimonios de sobrevivientes otorgados de manera virtual. Las historias de Jorge Nadal, confinado 2 meses en el “Pozo de Banfield” durante el tercer gobierno peronista; Luis Messa, secuestrado en Escobar, torturado en varias dependencias de la zona y traído una semana a Banfield; y Lucía Deón, secuestrada en Banfield en el gobierno de Isabel Martínez y en el “Olimpo”, el “Pozo de Quilmes” y la ESMA en dictadura, fueron parte de los relatos que se escucharán en el juicio sobre el genocidio cometido entre 1974 y 1983.

 

Por HIJOS La Plata

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EL CHUPADERO DE BANFIELD EN EL TERCER GOBIERNO PERONISTA

 

La primera testimonial correspondió al sobreviviente JORGE NADAL, militante del PRT-ERP que pasó 2 meses en el Pozo de Banfield en el otoño-invierno de 1975, fue torturado por 4 años en el penal de Sierra Chica y luego obligado a exiliarse en Francia. Increíblemente su historia no forma parte de la acusación de este debate como caso.

 

Nadal habló por videoconferencia desde su San Luis natal y comenzó mostrando al tribunal un ejemplar del diario “La Opinión” del 30/5/75 donde figuran las 32 personas que fueron detenidas junto a él. Contó que la madrugada del 16 de mayo de aquel año una patota de civil lo secuestró en su casa de Isidro Casanova, donde vivía con su hijo Carlos de 2 años y su compañera, Hilda Magdalena García, que está desaparecida y al ser secuestrada cursaba un embarazo de casi 9 meses. Dijo que su secuestro marca “el carácter represivo y terrorismo de Estado durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, que lanzó una represión indiscriminada” sobre la militancia. “Fui un opositor férreo a los golpes de Estado y a las dictaduras desmadradas”, afirmó el sobreviviente.


Para graficar la ilegalidad y brutalidad del procedimiento dijo: “a mi mujer le pusieron una ametralladora halcón en la panza y a mí trataban de humillarme apuntándome en el traste”.


El testigo dijo que fue llevado a Banfield en el piso de un Falcon, mientras otros grupos de represores secuestraban a otros compañeros suyos. “Era tal el desorden que había y éramos tantos que fuimos detenidos simultáneamente”, recordó. Esa misma noche en el “Pozo de Banfield” lo torturaron con picana eléctrica sobre un elástico de cama. “Como les pareció poco, me dispararon un tiro de 45 en la rodilla derecha, y otro en el lóbulo de la oreja derecha. Ahí también me aplicaban picana”, explicó el testigo.

 

Entre los militantes detenidos aquella noche, Nadal mencionó a Graciela Santucho de 18 años, sobrina de Mario Roberto Santucho, a Perla Baselman, Osvaldo Charrul, Daniel Algurúa y su esposa embarazada, Rita Liliana Aguel, Oscar Cardozo, Rafael Runco, Eduardo Piva, esposo de Graciela Di Lauro, Isabel Ibarra y su hermana Leonor, Nilda Mabel Vega, Silvia Martínez Sánchez Flores, Jesús Álvarez (sacerdote español), Margarita García de Souza, Andrés Pedro Caporale, Germán Gargano, María José Sánchez y Silvia Leni. Curiosamente de esa lista de detenidos que muy probablemente fue llevada a Banfield, salvo Gargano y los Piva-Di Lauro,  ninguno es caso en este debate.

 

En su testimonio Nadal mencionó a varios represores imputados en el debate. Por un lado a Juan Miguel Wolk, apodado “El Patón”, con domiciliaria en Benedeto Crocce N° 3045 de Mar del Plata, que tuvo una prodigiosa carrera en Investigaciones entre los año ‘74 y ‘79, primero como jefe de Delitos contra la Propiedad, luego en Delitos contra las Personas, más tarde en la Dirección de Investigaciones Zona Metropolitana, con sede en Banfield, y finalmente como subdirector general e integrante de la plana mayor de la Dirección General de Investigaciones comandada por Miguel Etchecolatz.

 

Por otro lado recordó a Jorge Antonio Bergés, médico y comisario retirado de La Bonaerense SA que goza de domiciliaria en calle Madres de Plaza de Mayo (Ex Magallanes) n° 1441 de Quilmes oeste. Bergés fue quien falseó la partida de nacimiento del segundo hijo de Nadal, Pedro, y lo entregó al represor Luis Alberto Ferian. “Durante 30 años busqué a mi hijo por su silencio”, dijo Nadal en relación al genocida Bergés. Pedro nació en mayo del ’75 en Chaco, de donde era oriunda su madre, que fue secuestrada el 5 de marzo del ’76 en Guernica. La apropiación se juzgó en 2012 en el llamado juicio “Circuito Camps” donde Bergés fue condenado por la retención y ocultamiento del menor en concurso ideal con alteración del estado civil y falsedad ideológica de instrumento público.

 


 Jorge Nadal también mencionó a un represor apellidado Gorosito al que vio en una situación extrema. Dijo que en una celda del Pozo de Banfield, desnudo y esposado a otro detenido en medio de aguas servidas, presenció la muerte de ese compañero, cuyo nombre no recordó. En cambio sí se acordó del policía que fue a ver qué pasaba, de apellido Gorosito, de quien dijo que estaba “siempre impecable, vestido de civil, con los zapatos lustrados y un pullover amarillo de angora. Tendría 30 años. Todos los guardias que estaban adentro eran miembros de la Brigada”.
 

También mencionó el caso de una joven que estaba embarazada y que años después identificó como Norma Dolores Castillo, que pudo recuperar a su hijo, Nelson, que hoy tiene 40 años. Pero dijo desconocer si nació en cautiverio o no.


Tras su período en Banfield hasta mediados de julio del ’75 Nadal fue llevado al penal de Sierra Chica, donde continuaron los golpes, maltratos y hasta un envenenamiento. Los malos tratos fueron constatados por una delegación de la Cruz Roja Internacional en el año 1978. De Sierra Chica lo trasladaron a la Unidad 9 de La Plata, donde le llegó la opción para salir del país a Francia en 1979. “Más que una opción era que a uno lo echaban del país”, sentenció Nadal. En esa circunstancia y antes de exiliarse recibió la visita de su hijo Carlos Alberto, que ya tenía 7 años. Además debió sufrir una maniobra de traba de su salida a Francia atribuyéndole 2 robos con los que nada tenía que ver.


Tras una búsqueda incansable de 3 décadas y con el apoyo y la investigación de otros familiares, Jorge se pudo reencontrarse con su hijo Pedro hace 14 años. El chico había sido criado por el represor Ferian, que pertenecía a la Brigada de Quilmes, y su mujer Yolanda De Francesco.


Nadal desenmascaró el rol cómplice de la iglesia católica con el genocidio, en particular del obispo diocesano de San Luis, Juan Rodolfo Laise, ya que su madre quiso interceder por su caso y la respuesta fue: “nosotros a las madres de los comunistas y subversivos no los recibimos».

 

Además Nadal remarcó que “el plan sistemático no se agotó en nosotros. Estos genocidas no se conformaron con nosotros”, y señaló que su madre falleció de un infarto, su compañera Hilda sigue desaparecida, su hijo Carlos tuvo muchos problemas de salud, su otro hijo fue apropiado y su exilio en Francia no fue nada sencillo. Concluyó en que fueron sus convicciones lo que lo hicieron resistir al cautiverio y las torturas y que jamás les brindó a los represores información que sirviera para detener compañeros o reventar algún domicilio de su organización.

 

En una oportunidad entre 20 lo golpearon en el pabellón de castigo y lo Sobre los represores de Banfield dijo que “eran muchos los de la patota. Se esmeraban tanto en la tortura que también los agotaba, pero como eran un montón nos torturaban mucho. El gobierno de Estela Martínez de Perón les daba mucho impulso a la represión, espacio y oxígeno a estas bandas entre ellas la Triple A, había civiles e iglesia que los secundaba. Pero no tenían el mismo tiempo para los interrogatorios que tenían luego en dictadura, por las familias que nos buscaban y los organismos de derechos humanos. Después tuvieron tiempo para hacer cosas infinitamente peores a las que relaté”.

 

Para finalizar su relato Nadal le habló con dureza al tribunal y dijo: “En nombre de mi querida compañera a quien nunca olvidaré pese al paso de los años, son muchos más que treinta mil porque hay casos que no se conocen porque mataron a las familias completas o no sabían que las mujeres estaban embarazadas. El pedido es que se llegue a una sentencia firme. Nosotros ya tenemos 70 años. Muchos represores se murieron sin pasar por la justicia y otros no se han muerto y disfrutan de una prisión domiciliaria. Quienes subvirtieron el orden público fueron ellos y desde el terrorismo de Estado”.

 



DE ESCOBAR AL POZO DE BANFIELD

 

La audiencia continuó con el testimonio de LUIS ALBERTO MESSA, trabajador administrativo de Fabricaciones Militares y militante de la Juventud Peronista secuestrado en Escobar en marzo del ’76, pasado por la Comisaría de Escobar, por el CCD del buque ARA Murature en Campana, por el Tiro Federal de Campana, 6 días por el “Pozo Banfield”, y que sufrió cárcel sin proceso legal en Sierra Chica, la Unidad 9 de La Pata y el penal de Rawson hasta junio de 1982.

 

Messa relató que desde 1969 fue empleado de Fabricaciones Militares en la sede central en Capital Federal. Allí organizó la junta interna, fue delegado de ATE y también militaba en la JP. Luego en su trabajo lo pasaron a la planta de Pilar y se fue a vivir a Escobar, de donde era su familia. Además de realizar tareas barriales con la JP en Escobar, ya en 1975 se incorporó a Montoneros. 

 

Desde enero del ’76 comenzó a sufrir allanamientos en la casa de sus padres, donde vivía con su familia. Nunca lo encontraron, pero sus padres sufrieron golpes, amenazas y robos, y él debió renunciar a su trabajo y comenzar a vivir clandestino.

 

Finalmente lo detuvieron el 31 marzo del ’76 en la calle en Escobar. Y mientras estaba con un amigo de su padre. Lo redujeron, los pusieron en el piso de un auto y lo golpearon. Lo llevaron a la Comisaría de Escobar. En comisaría lo vio al “jefe de zona”, Capitán de Artillería Eduardo Francisco Stigliano, represor que había estado en operativo de casa de sus padres cuando él no estaba. Allí estuvo un par de horas y luego lo trasladaron tabicado en auto a un lugar en Campana. Con el tiempo Messa dedujo que se trata del buque  Murature de la Armada, que operaba como CCD anclando en los puertos de Zárate, Campana y Escobar. Como conocía la zona reconoció el lugar por la sirena de la fábrica Dálmine-Siderca, por el ruido del tren y del puerto. Ahí lo torturaron con picana eléctrica, el potro y colgándolo de un guinche,  mientras lo interrogaban por su actividad política y sindical. Luego fue bajado y subido varias veces del buque a un lugar similar a una casilla o camión celular donde había otras personas. De allí lo trasladaron al Tiro Federal de Campana y a otro lugar que posiblemente fuera el Arsenal de Artillería de Zárate. Cabe recordar que desde mayo del ’76 los partidos de Zárate y Campana pasaron de depender de la Zona militar represiva 1 a la zona 4, dirigida desde Campo de Mayo, el partido de Escobar correspondía al Área 401 a cargo del Ejército Argentino, y la costa de Zárate a la Fuerza de Tareas 4 de la Armada. Messa dijo que entre el buque, el Tiro Federal y el Arsenal de Zárate estuvo unos 15 días secuestrado y siempre atado de pies y manos con alambre. En ese circuito pudo saber de otros detenidos como Marta Velazco y su esposo Morini, y Blanca Buda. Fue entonces que lo trasladaron en un camión con otras personas al “Pozo de Banfield”. Messa ubica la fecha cercana al 9 de abril del ’76. Al llegar lo pusieron tabicado y solo en una celda y tras un día lo destabicaron y lo llevaron al baño, donde pudo ver a la pareja Eva Orifici y Raúl Marciano, a quienes conocía de antes, que habían sido secuestrados el 29 de marzo de ese año, y quienes casi no lo reconocieron porque tenía la cara desfigurada por los golpes.

 

El sobreviviente dijo que fue esa la única vez que lo sacaron de la celda y que se enteró que estaba en Banfield porque un vehículo pasaba anunciando un baile que se iba a hacer en un club de esa localidad y porque otros presos se lo dijeron.




Sobre el régimen en el lugar dijo que estuvo atado de manos con alambre, estuvo vendado y encapuchado. Lo bajaron varias veces a interrogatorios y siempre le preguntaban los datos personales, lo insultaban diciéndole “Montonero de mierda”, mientras lo golpeaban entre 4 o 5 con un elemento contundente. Messa presenció el señalamiento que se hizo del CCD en 2010, y realizó el reconocimiento del lugar. 

 

Tras 5 días en Banfield lo trasladan en una camioneta al Hospital Militar de Campo de Mayo donde estuvo 6 o 7 días en recuperación. Tenía una herida en la muñeca por alambre, quemaduras y hematomas en rostro. Lo limpiaron y le hicieron curaciones mientras estaba vendado y atado a una cama. Además personal del Ejército lo amenazaba gatillándole una pistola y diciendo “Se terminó tu vida”. En este lugar también sufrió interrogatorios sobre su ideología y su militancia. Messa aclaró que en casi todos los interrogatorios le preguntaban por Marta Velazco, por la posta sanitaria de Montoneros y por el dinero de la organización. Velazco era médica de la familia de Messa y había sido funcionaria en el municipio de Escobar. Al igual que Messa ella y su esposo Hugo Luis Morini fueron secuestrados a fines de marzo del ’76 y estuvieron en el “Pozo de Banfield” la primera quincena de abril de ese año. Ambos continúan desaparecidos y son caso en este debate.

 


En declaraciones anteriores Messa había mencionado que conoció del paso por Banfield de Juan Carlos Deghi, Luis María Armesto, Blanca Buda y Francisco José y José Alberto Bugato, pero el paso del tiempo hizo que en este testimonio no pudiera afirmar lo mismo. 

 

Sobre su salida de Banfield, Messa dijo que un día lo ataron con alambre y lo sacaron del lugar en una camioneta que hizo un trayecto corto hasta un avión. Lo subieron al avión y lo esposaron a otra persona. Tras el viaje en avión los bajaron en lo que supone es el aeropuerto de Azul, porque lo destabicaron y lo subieron a un colectivo del Ejército con ventanas abiertas donde vio que pasaron por la plaza de Azul y los llevaban al penal de Sierra Chica. Messa ingresó al penal a fines de abril del ’76, luego fue llevado a la Unidad 9 de La Plata, y en junio del mismo año lo llevaron al penal de Rawson, en régimen de aislamiento. En diciembre del ’80 lo llevan nuevamente en avión a la Unidad 9, le negaron la solicitud de salida del país en el ‘81, y compareció en el Juzgado Federal Número 3, Secretaría 8 de La Plata a cargo de Héctor Adamo. Fue liberado en junio del ’82, con libertad vigilada hasta diciembre de ese año.

Messa agregó que cuando quiso buscar trabajo en democracia en Fabricaciones Militares en Escobar fue discriminado por haber sido preso político y le dijeron que todavía era “un cuadro del enemigo”. “Pudimos recuperar la libertad, pero la reinserción y la vuelta al trabajo fue difícil”, cerró el sobreviviente.

 



DETENIDA-DESAPARECIDA EN DEMOCRACIA Y EN DICTADURA

 

El último testimonio fue el de LUCÍA DEÓN, militante de la JTP que estuvo confinada en la Comisaría 1ra de Lomas de Zamora y casi 3 meses como detenida desaparecida en el “Pozo de Banfield” entre noviembre del ’74 y febrero del ’75 en pleno tercer gobierno peronista. Tras salir del país y regresar clandestinamente fue nuevamente detenida, llevada por casi un mes al CCD “El Olimpo”, recluida 2 meses en el “Pozo de Quilmes” entre enero y marzo del ’79 y llevada a la ESMA hasta 1982.

 

Deón relató que trabajaba en la municipalidad de Lomas de Zamora en el área de inspección de riesgos profesionales, tarea que implicaba realizar inspecciones en fábricas de todo el cordón industrial de la zona sur del conurbano. Era delegada del gremio de municipales y formaba parte de la Juventud Trabajadora Peronista de Lomas. Con sus compañeros daban charlas y cursos sobre seguridad industrial a los operarios de las fábricas que visitaban. “Eso parece que molestaba bastante”, dijo la testigo, “ya que en una oportunidad recibí una visita de gente de una fábrica me amenazó veladamente porque generaba reclamos sobre elementos de seguridad por los obreros”. Fue detenida el 14 de noviembre del ’74 en un bar de Lomas de Zamora junto a 3 compañeros de militancia que eran Juan Alejandro Barry, Carlos Pacharrián y Jorge Saravia Acuña. Los llevaron a la comisaría 1ra de Lomas de Zamora y allí torturados con interrogatorios sobre sus compañeros y su tarea en las fábricas como la cervecera Bieckert, la alimenticia Molinos y otras. “En mi caso particular quedé con una hemiplegia”, señaló Deón. Dijo en un momento la llevaron a una oficina y sobre una mesa vio los documentos de sus 3 compañeros detenidos. Agregó que luego de unos días fueron llevados tabicados y en un celular a lo que luego supo que era el “Pozo de Banfield”. En el CCD los subieron por una escalera a un primer piso y los ubicaron a los tres varones juntos y a ella en una celda individual. Después de unos días a ella la atendió un médico, le permitieron circular por el pasillo de la zona de celdas y pudo determinar que en total había 6 o 7 celdas, algunas con presos comunes (encerrados de a uno) y otras con presos políticos. En una estaban sus 3 compañeros y le permitieron hablar con ellos casi todos los días.

 

En una oportunidad a Lucía le dejaron comunicarse con un abogado, y a sus compañeros con los suyos, para lo cual bajó un piso y pudo entrevistarse en la planta baja del CCD. Luego la llevaron a declarar ante un juez y cuando quiso denunciar las torturas el magistrado le dijo: “Para qué, si la tortura es legal en nuestro país”. Toda una definición del clima político de la época. 

 

También recordó que a fines de febrero del ’75 les dijeron que estaban blanqueados ante el Poder Ejecutivo Nacional y que podían pedir la opción para salir del país. Ella pidió la salida a Perú, para lo cual la llevaron a la sede de Coordinación Federal de la PFA, en Moreno 1417 de Capital Federal, entre los últimos días de febrero o comienzos de marzo del ’75. Finalmente el 4 de marzo salió hacia Perú, donde tras un tiempo recibió a Saravia Acuña y se enteró que Pacharrián salió con la opción hacia México. De Barry no supo más nada. En la audiencia 12 de este debate Laura Franchi contó que habló con Barry en Banfield y le contó que estaba allí con su esposa embarazada Susana Mata. La pareja Barry-Mata, militantes montoneros que son caso en este juicio, fue liberada en el ’75, se mudaron a Rosario y luego a Montevideo, donde fueron perseguidos, asesinados en diciembre del ’77 y enterrados como NN en el cementerio local.

 

 Deón contó que cuando se produjo el golpe de estado en Perú encabezado por Francisco Morales Bermúdez, en agosto de 1975, salió con otros militantes de Perú preventivamente, fue a México y  entró clandestinamente a Argentina. 

 

En diciembre de 1978 fue nuevamente detenida y llevada al CCD “El Olimpo” donde fue torturada. En ese CCD pudo saber que había unos 40 detenidos. En enero de 1979 fueron separados en dos grupos, uno fue sacado del lugar y otro quedó ahí. Ella fue llevada a la Brigada de Investigaciones de Quilmes, “El Pozo de Quilmes”. Allí fue llevada con Oscar “Tano” González, Néstor Zurita, Horacio Guillermo Cid de la Paz, Alberto Ángel “Ratón” Laurenzano, Jorge Vázquez, Daniel Merialdo, Mario Villani y “Cacho” Peronio. 

 

En Quilmes fue puesta en una celda de planta alta, y sufrió las visitas de los represores  del “Olimpo” Juan Antonio Del Cerro, alias “Colores”, y de los apodados “Piraña” y “Paco”.

 




La testigo recordó que del “Pozo de Quilmes” se “fugaron” González, Zurita y Cristiani. En marzo del ’79 Deón fue llevada tabicada en un celular a la “Capucha” de la ESMA, y allí se enteró que González y Cristiani habían salido a España y que Zurita se había entregado al Grupo de Tareas de la ESMA. Relató que algunos detenidos dedujeron que había una pelea por los detenidos entre Ejército y la Armada. A ella la llamó para hablarle Jorge “Tigre” Acosta, quien le dijo que conocía a sus compañeros, que no tenía nada contra ella pero si con sus compañeros, que los iban a llevar a Campo de Mayo para asesinarlos y que podía negociar su libertad. Ella le contestó que no esperaba nada porque su compañero estaba muerto y su hijo con una familia en Córdoba. Tras un tiempo casi todo el grupo de 8 detenidos que venía de Quilmes fue llevado a la “Pecera” de la ESMA, donde Lucía realizó tareas de recortes de prensa. Lucía estuvo en la ESMA hasta la época de la guerra de Malvinas, cuando el Grupo de Tareas le da la opción de ir a Perú. Luego regresó vigilada al país y en agosto del ’82 le entregaron un certificado de su sobreseimiento en la causa por la ley 20.840 que tramitaba ante el juez Russo de La Plata y la liberaron. Aun así debió regresar periódicamente a la ESMA y tuvo controles hasta las elecciones del ’83.

Por el caso de Lucía Deón están procesados en este juicio los represores Juan Miguel Wolk, Antonio Herminio  Simón y Guillermo Domínguez Matheu por su paso por el “Pozo de Banfield” y Miguel Etchecolatz, Samuel De Lío, Roberto Balmaceda, Jorge di Pasquale, Carlos Romero Pavón, Jorge Antonio Bergés y Alberto Julio Candioti por los hechos de Quilmes.

Las testimoniales de esta audiencia mostraron apenas algunas de las historias que se vivieron en los Pozos de Banfield y Quilmes tanto durante el tercer gobierno peronista como durante la dictadura. Historias que empezarán a desandarse a partir de nuevos relatos del genocidio cometido entre 1974 y 1983.

 

El juicio continúa el 2 de marzo con los testimonios de la ex detenida del Pozo de Banfield Lidia Biscarte, de Gustavo Fernández, sobreviviente del “Pozo de Quilmes” que testimonia también por su hermano Carlos Alberto, y de familiares del sobreviviente de Banfield Valerio Salvador Ubiedo.  Se puede seguir en vivo todos los martes por la mañana por los canales youtube del CIJ y del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata.






AUDIENCIA 37 DEL JUICIO POZO DE BANFIELD, POZO DE QUILMES E “INFIERNO”

FUENTE: DIARIO CONTEXTO - Ago 24, 2021 E l secuestro y desaparición de Ricardo Darío Chidichimo, por entonces meteorólogo recibido e...